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Pequeco, el enfermero del destacamento guerrillero Toqui Lautaro

 

 

por Pedro Cardyn

Quiero escribir unas líneas en memoria de mi amigo y compañero Gabriel. En el DGTL, el Destacamento Guerrillero Toqui Lautaro, lo conocíamos como Pequeco o Gabriel, pero su nombre era Juan Angel Ojeda Aguayo.

Segun el sitio  memoria viva , Juan Ángel Ojeda Aguayo, fue asesinado el 28 de Noviembre de 1981. era obrero maderero; originario de Neltume; soltero. Tenia 27 años de edad.

Amaba la montaña como el que más. Era un explorador nato pero basaba su instinto en una especial relación con la naturaleza. Según él los montes hablaban, reían, lloraban. El seguramente le conversaba secretamente al monte. Era un tipo buena gente el Pequeco.  Le gustaba también la música, claro que más la tropical, y hacia gala de dotes de baterista. Pequeco era muy preocupado de su forma física, junto con Pablo era de los que más tiempo le dedicaban y más provecho le sacaban y más exigían a la preparación física. Pero también era de los mas preocupados por su aspecto; siempre tratando de andar bien vestido, bien presentado, era pinturita.

Durante su exilio en Holanda, empezó a dedicarse a aprender enfermería, sin prever que después seria su rol dentro de la fuerza: el sanitario del destacamento.

Pese a que era uno de los más chicos de porte entre nosotros, era reconocido por su habilidad para desplazarse en los montes más tupidos y escabrosos. Un repente se escuchaba: “Ya Cabros, se puso penca esta cosa. Que venga el Pequeco adelante, mejor”. Y como arañita de monte, nos sacaba en un ratito del embrollo en que estábamos metidos. Era un buen vanguardia en situaciones difíciles para la mayoría.

Recuerdo este trozo de poema de mi libro Pisadas de Riomonte:

¿Qué siniestros pretextos portalianos

fueron cuchicheados

en télex y pasillos, 

para decidir tu muerte,

Gabriel-Pequeco,

pequeña araña

trepadora infalible

de las marchas más nocturnas?

¿Qué malditas agallas, qué sórdidas entrañas

pueden existir

para matar en Diciembre sin piedad

a un Pequeco desarmado y solo,

escondido desde julio

en casa del tío maderero?

Yo sé lo que habrán sido, Gabriel,

esas incontables noches

de sobresaltos.

Una sola micro,

un disfraz,

o una marcha nocturna

hacia Loncoche,

habrían bastado 

para devolverte la libertad

y el camino de la lucha.

Mas, digo que tuviste suerte,

Pequeco:

Nadie dudará de tu nombre.

 

Pequeco, el enfermero del DGTL

En el DGTL estábamos organizados en escuadras de cuatro o cinco compañeros. Éramos un total de quince. No recuerdo si con Pequeco estábamos en la misma escuadra ni en la misma carpa. Lo que sí recuerdo es que cuando yo llegué al destacamento, ya había alguien a cargo de la salud de los compañeros. Ese era Pequeco. A poco andar de mi llegada, Paine me pidió que me haga cargo de la situación sanitaria de todos los compañeros. “Habla con Pequeco, que se ha ocupado del tema todo este tiempo”.

Nos juntamos con Pequeco esa mañana –debe haber sido al día siguiente de mi llegada- y me relató en primer lugar el estado de un par de compañeros que estaban enfermos y en cama en sus carpas respectivas. Uno era VÍctor, el Grande, (Próspero del Carmen Guzmán), que en uno de los trabajos de construcción de tatú (cada refugio subterráneo o tatú solo era conocido por los dos compañeros que lo hacían y por  uno de los dos hombres de jefatura, Paine (Miguel Cabrera Fernández, jefe del DGTL), o Pedro (Patricio Calfuquir,segundo en el mando), bueno, la cosa es que Víctor había recibido sobre su cabeza unos cuantos kilos de tierra que se habían derrumbado. Eso lo había dejado bastante dolorido en el cuello. Pero también bastante asustado. Esa situación había sido un factor para que el partido apurara la incorporación de un médico al DGTL. Me dí cuenta que Pequeco, por no tener estudios ni título de médico  no se atrevía a pronunciarse, dar diagnósticos, ni tomar algunas  decisiones. Como por ejemplo, la de decirle al compañero: “Ya compadre, estás mejor, fuera de peligro, y puedes volver a las labores cotidianas”.

Examiné al compañero Víctor. El accidente había ocurrido hacía varias semanas, tal vez un mes o más. Tenía movilidad cervical, no había puntos sensibles a la palpación. Pequeco me miraba. Examinamos al otro paciente: Moisés, que si mal no recuerdo, tenía dolores lumbares desde algún tiempo. No tenía signo de Lasegue ni hormigueos en las piernas. Sostuve una pequeña conversación con Pequeco: “¿Qué opinas de los compañeros?”; “No sé pus León, si tú eres el médico. Pa’ eso te pedimos”; “Bueno ya, pero tú eres el que los conoce y los ha visto todo este tiempo”; “Ah, bueno, si es por eso, yo creo que los cabros hoy día están bien y que podrían volver a sus pegas”; “Viste compadre, no estudiaste alguna profesión de la salud, pero tenís más criterio que muchos profesionales y especialistas”.

También puedo agregar que nos reímos un poco. “Me tinca que están con más susto que enfermedad y que están sacando un poco la vuelta, los hueoncitos, jeje”. En realidad nos costaba creer que dos compañeros que habían venido hasta acá voluntariamente a jugarse la vida por una causa, estuvieran sacando la vuelta, esquivando las tareas, dejándosela a los demás, etc. No nos cuadraba el chistecito. Ahí me acordé que en medicina de guerra existe una especie de síndrome del soldado, que no es simulación ni sacadura de vuelta. Más aún en revolucionarios. Es más bien una especie de necesidad de “que mi organismo no me vaya a fallar en los momentos decisivos. En pleno combate, mi cuerpo tiene que estar tikitaka”, etc.

Me di cuenta que Pequeco, Gabriel, tenía harto criterio y sentido común. Que, pese que, cuando mucho, había recibido una mínima instrucción de sanidad de guerra,  muy básica, en Cuba, se preocupaba seriamente de sus compañeros. Tenía una libretita con una ficha clínica de cada uno, con sus antecedentes de salud, y en un breve relato me transmitió una descripción personal, e incluso global, de toda la situación de salud del destacamento.

Me dio un pequeño informe verbal, que incluía una amena y humorística descripción sicológica de la psiquis y la moral combativa global y de cada cual.

Lo anterior es esencial en toda situación de guerra. Eso no se aprende en los manuales, pero Gabriel –joven bagual del Complejo Maderero, que había trabajado como despachador de bencina y petróleo a los camiones, lo sabía como por instinto.

Comprendí que la verdadera medicina no estaba encerrada en enormes tratados, sino en la vida misma. Ahí tomé una decisión: yo le iba a enseñar todo lo que sabía de medicina. Vi que ese era el tipo de profesionales que necesitan y que se dan naturalmente en los pueblos en lucha. Un par de veces hicimos comentarios: “Entre los dos, huacho, vamos a formar la primera escuela de medicina de la revolución”.

 

La arrancadera

 Otra anécdota. Ocurre que el sábado 27 de junio, el fatídico “día de la arrancadera”, esa mañana vergonzosa en que una patrulla de milicos nos descubre tipo 11 de la mañana, en nuestro propio campamento base, a media hora al este del lago Quilmo.

Ocurre que Gabriel y yo estábamos ordenando remedios, botiquines y material de sanidad, bajo el toldo de la cocina, con el fuego ya apagado. Súbitamente, ambos escuchamos unos disparos a unos 50-80 metros cerro arriba, en dirección a la faena de acondicionamiento de un campamento de invierno, donde se encontraba la mayor parte de los compañeros trabajando con hacha, pala y picota.

Escuchar  los disparos, quedar helados como esa nieve que nos rodeaba, ver pasar media docena de compañeros corriendo, y salir los dos en dirección a la quebradita fue casi la misma cosa.

Ese día, el DGTL quedó dividido en dos grupos.

Después de unas horas de peripecias, nuestro grupo que había quedado con el mando de Pedro, sufrió una emboscada ya entradita la noche.  Aparte el mando, la mayoría ignoraba que los fusiles FAL habían llegado unos días antes y estaban guardados en un tatú, en espera de alguna ceremonia de entrega, cuya fecha el mando iba a decidir.

Entonces, aparte de la pistola que tenía Pedro, y los puñales que la mayoría tenía, andábamos desarmados. En medio de la balacera que nos daban, Pequeco quedó separado del grupo, en el bajo del camino maderero, entre el metro de nieve caída y el río Chan Chán, casi congelado.

La familia de Pequeco y el visitante misterioso

Cerca de ocho años habían pasado desde el golpe de estado. Los mapuches de la cordillera, los obreros madereros y sus familias, habían sido obligados a un olvido drástico, a un electroshock de la memoria. El recuerdo de los tres años sin patrones, de los únicos  tres años libres en sus vidas, parecía casi una película de ciencia ficción en blanco y negro. Después de esos largos años de castigo, amenaza, pobreza, despojo, peores que el tiempo de los antiguos  patrones, muchos ya no querían recordar. Muchas familias hasta sentían alivio que algunos hijos vivieran en el exilio, lejos del peligro. No tenían esperanza de volver a verlos algún día, pero al menos estaban vivos. Esa fría noche de invierno en el poblado de Neltume, la familia Ojeda Aguayo, se encontraba reunida cuando se escucha unos suaves golpes en la puerta de la casa. El que golpeaba discretamente era Juan Angel, alias Pequeco, el hijo mirista que estaba exiliado en Holanda.

La sorpresa fue tan grande como si hubieran visto entrar un fantasma o un marciano a su casa. Era el pasado que resucitaba. En medio del patrullaje militar  exacerbado, que nadie entendía, había una sola casa en Neltume dormido que se inundó esa noche de los recuerdos de una época que muchos creían pasada.

Don Pedro Ojeda, el papá de Pequeco, su mamá y toda la familia se llenaron de abrazos y lágrimas de emoción. Pero no entendían nada. ¿Qué hacía Pequeco allí, si todos sabían que estaba en Holanda?

Las lágrimas se vaciaron y la despensa también.

Al día siguiente, Pequeco había vuelto a desaparecer.

Había encontrado refugio donde un tío en Quebrada Honda, cerca de Puerto Fuy.

En la capital, sus compañeros del MIR habían confeccionado documentos falsos de identidad y se estaba organizando el grupo que iba a viajar a rescatarlo de su escondite.

Las fuerzas de la dictadura descubrieron su escondite  antes de que la misión de rescate se concretara. Fue asesinado en Quebrada Honda el 28 de noviembre de 1981.

 


One Reply to “Pequeco, el enfermero del destacamento guerrillero Toqui Lautaro”

  1. Mauricio Gonzalez

    Tenía cerca de 21 años, cuando vi por televisión la persecución y acción de cacería de los aparatos represivos. En contra del DGTL, 10 años atrás conocí Neltume por primera vez. Hoy 2021 he vuelto y cumpliré un sueño que llevo desde siempre.
    Como dice José Martí, ” Hay hombres que aún después de muertos, dan luz de Aurora.”.

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